Lobodón Garra, o Liborio Justo, era el hijo trosko del General Justo. Un loco lindo, como Sambayoni, bolche, sí. Pero con un tinte patriótico o telúrico importante. Por eso me gusta. Viajero infatigable, aventurero, revolucionario, fotógrafo. Mantenido por su viejo que le pasaba unos billetitos, con tal que no hiciese papelones, como cuando vino el presidente de Estados Unidos, y gritó desde un micrófono: ¡Muera el imperialismo yanqui!
La zurda de entonces era más inofensiva, perdió la inocencia y se volvió imperdonable después de Stalin, Pol Pot y el Roby Santucho. Por aquellos días eran solamente liberales utópicos que se la creían, es el caso de Alfredo Palacios por poner un ejemplo.
En fin, viajó por la zona cordillerana y por los mares del sur. Fue lobero en las islas del Pacífico y terminó sus días en el Delta del Paraná como un islero.
Escribió poco, pero bien. Creo que hasta le dieron un premio por su libro “La Tierra Maldita”. Cortito, apenas ciento y pico de páginas, compuesto de relatos pintorescos.
Un libro de mi infancia.
Un talabartero que, pobre, trataba de enseñarme el oficio me lo prestó unos días. Este talabartero también era algo de izquierda, pero a la vieja usanza, y él también había viajado y habitado en la zona del litoral.
Bueno, la cosa es así, uno de esos cuentos, “Las brumas del Terror” es el mejor que he leído. Tanto es así, que lo recordamos con un amigo patagón en una conversación telefónica hace unos días.
En este cuento, un ingeniero de minas se encuentra con un viajero algo linyera que vagaba por las islas del sur de Chile. Pasa a relatarle su travesía hasta los volcanes que se ubican en la zona del polo sur, donde habría llegado atravesando desiertos inmensos de hielo. Uno de estos volcanes tiene por nombre el Terror, no era para menos. Casi distraídamente suelta en la conversación su desprecio por el dinero.
El ingeniero no le creía ni medio, mucho menos eso de haber abandonado los miles de diamantes surgidos del centro de la tierra para que se pierdan irremediablemente bajo la nieve.
Se llevó uno, es cierto, pero sólo como recuerdo de un momento de su periplo por la tierra maldita, cuando acampó osadamente en las laderas de un volcán antártico, y fue testigo de su erupción, en medio de fuegos fatuos y lava ardiente.
“¿Usted se da cuenta de lo que eso significaba? Un cuadro de una grandiosidad inaudita, en medio del escenario más salvaje y solitario del planeta, y del cual yo era el único espectador. Sentado junto a la entrada de mi tienda lo contemplaba espantado. Vuelvo a recordarle que eso se desplegaba sólo para mí. Piense bien. La tierra tiene alrededor de dos millones de habitantes, y yo era el único hombre que gozaba de esas maravillas. Quizás, desde el nacimiento del mundo, aquello había ocurrido tres o cuatro veces en medio de la soledad lunar de la Antártida, y yo era el primero que lo sorprendía. Los antiguos emperadores se preparaban grandes escenas en el circo. Uno de ellos incendió toda una ciudad para procurarse una emoción fuerte. Pero, ¿qué era eso al lado de lo que yo presenciaba, de lo que la naturaleza preparó sólo para mí?”
¿Qué no se nos da? ¿A qué precio?